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EL MATRIMONIO HOMOSEXUAL

Escrito por Analisis Noticias

La reivindicación estrella de los colectivos homosexualistas ha sido, en los últimos años, el reconocimiento legal del matrimonio homosexual. España fue pionera en 2005  y ahora la práctica totalidad de países occidentales contienen esa regulación. La Corte Suprema de Estados Unidos sentenció en 2015 que los estados no pueden oponerse a la existencia del matrimonio homosexual en sus territorios, y el “retroceso” que algunos esperaban con la elección de Trump como presidente parece que, finalmente, no llegará, lo que redondea el éxito de esta reivindicación. ¿Tiene sentido? ¿Es un logro de la igualdad o un triunfo del absurdo?

El primer escollo con el que choca el concepto de matrimonio homosexual es de naturaleza semántica. Todos los idiomas occidentales o de cualquier cultura en la que exista la institución matrimonial la definen como una relación entre hombre y mujer. De hecho, la palabra matrimonio procede de “madre” o, según otras versiones, de “matriz”. No parece que en ninguno de los dos casos pueda aplicarse a una relación entre dos hombres. Es cierto que la concepción del matrimonio ha cambiado a lo largo del tiempo, pero siempre ha mantenido unas notas constantes, entre ellas su heterosexualidad.

Un segundo escollo es de tipo legal. Las normas supremas de los países de nuestro entorno suelen definir el derecho al matrimonio “entre hombre y mujer”. Así lo dice la Constitución Española del 78, de las más avanzadas del mundo en materia de reconocimiento de derechos cuando afirma en su artículo 32: “El hombre y la mujer tienen derecho a contraer matrimonio con plena igualdad jurídica.” Es cierto que la Carta Magna no especifica que tenga que ser “entre ellos” pero la mención a ambos sexos, que no se produce en ningún otro derecho, deja pocas dudas. También se puede defender que el que la Constitución no recoja un derecho no impide que no puedan hacerlo las leyes, salvo que se interprete, de acuerdo al diccionario, que lo que hace la norma suprema es definir el derecho al matrimonio.

La cuestión que subyace es si el matrimonio homosexual viene a corregir una ancestral discriminación, reconociendo a los gays un derecho que no tenían, o si por el contrario esto es un equívoco. Aquí hay que tener en consideración que una cosa es ser titular de un derecho y otra ejercerlo. Los homosexuales son y siempre han sido titulares del derecho al matrimonio… al matrimonio con una persona de sexo opuesto. Otra cosa es que no sientan deseos de ejercerlo porque, dado que el matrimonio es, por definición, una unión heterosexual,  no concuerde con sus gustos.

Llamar matrimonio a lo que, por su naturaleza, no lo es, no supone aumentar los derechos de nadie, solo confundir el lenguaje. Antes los gays podían casarse con personas de sexo contrario, aunque ello les desagradase, o podían unirse a personas de su mismo sexo. Ahora también. Lo único que ha cambiado es que ahora a eso pueden llamarlo matrimonio. No se les ha reconocido ningún derecho que antes no tuvieran, salvo el de violentar el lenguaje.

Se argumenta aquí que el régimen jurídico matrimonial comporta unos derechos en materia de sucesiones, fiscalidad, etc., que se negarían a los homosexuales de no permitirles contraer matrimonio con personas de su mismo sexo. Tampoco parece sostenible, porque el régimen jurídico matrimonial no es un régimen privilegiado, que solo comporte derechos, sino que también conlleva deberes, cuyo sentido (el de los derechos y el de los deberes) está íntimamente relacionado con la potencialidad para la concepción que tiene el matrimonio tradicional y que no necesariamente resulta lógico en uniones que carecen de ella. En caso contrario, los solteros o cualesquiera personas que vivieran juntas sin formar pareja en sentido sexual o sentimental: compañeros de piso, hermanos, etc., podrían sentirse igualmente discriminados.

Jurídicamente hablando, la conclusión inevitable a la que llegamos es que las normas por las que se establece el matrimonio homosexual son nulas de pleno derecho, no tanto por inconstitucionales, que como vemos, posiblemente también, como por tener un contenido imposible, que es una de las causas de nulidad de las leyes reconocidas en todos los sistemas jurídicos. Ninguna ley ni ningún gobierno tienen la facultad de cambiar el significado de las palabras.

“Aunque un gobierno haga una ley dando permiso a los burros para que vuelen no por eso a los burros les salen alas”

Padre Loring

Existen quienes, puestos ante esta realidad, contra-argumentan que, si bien esto puede ser cierto, carece de importancia, ya que si los homosexuales (o algunos de ellos) se sienten mejor llamando matrimonio a su unión, ¿por qué no van a hacerlo?

Podemos definir el matrimonio como la unión entre hombre y mujer con vocación de permanencia, constituida mediante un acto formal y con potencialidad para la reproducción natural. El matrimonio ha sido la institución social sobre la que se han fundado la inmensa mayoría de las familias en los 2000 años de civilización cristiana y en 5000 años de civilización, en general, desde Egipto y Mesopotamia. El matrimonio ha sido, además, el primer núcleo socializador y la base primaria de las construcciones sociales más complejas, hasta terminar en los estados modernos. Aun hoy, el matrimonio sigue siendo la base más estable para formar una familia y la que eligen la mayoría de las personas. Parece pues, que el matrimonio, sin presuponer ninguna superioridad del casado sobre el soltero, es una institución importante y que no contribuye a reforzarla sembrar confusión sobre su naturaleza y su propia definición.

Es una crítica común de los argumentarios homosexualistas desligar el matrimonio de la facultad reproductiva, apelando a los matrimonios sin hijos, tanto si han decidido no tenerlos como si no pueden concebirlos por algún problema de salud. Si una pareja heterosexual puede no tener hijos y una homosexual puede adoptarlos, no hay motivo, aducen, para no considerar un matrimonio la unión homosexual. Aquí se confunden términos: Un avión está diseñado para volar, independientemente de que vuele o no, por tener el motor estropeado o carecer de combustible, por ejemplo. Un coche no está diseñado para volar, aunque si se le colocan explosivos suficientes se eleve unos metros antes de caer. La pareja hombre-mujer está diseñada para tener hijos, independientemente de que, en efecto, llegue a tenerlos o no. La pareja hombre-hombre o mujer-mujer no lo está y eso es una realidad biológica irrebatible, por lo que está critica parece poco sólida.

Un paso previo para el establecimiento del matrimonio homosexual en España fueron las leyes de parejas de hecho, cortesía de los gobiernos autonómicos del PP. Los debates sobre estas nuevas normas establecieron la mayor parte de los equívocos sobre los que luego se ha cimentado el matrimonio gay. Para empezar, estas leyes presuponían que el régimen matrimonial era un régimen privilegiado, por lo que suponía una discriminación no acceder a él. Esto ya es un error como hemos explicado antes. De ser así los solteros serían los discriminados. El régimen jurídico matrimonial es un régimen adecuado a una determinada situación, que establece derechos, pero también deberes, y que no es necesariamente adecuado para otras uniones no matrimoniales, sean homosexuales o heterosexuales.

Los derechos que el matrimonio confiere a los cónyuges, y también los deberes y obligaciones que conlleva, se explican en el contexto de la institución matrimonial establecida a través de la historia como un uso social recurrente, integrado en los valores morales y religiosos de las sociedades occidentales, en este último caso como sacramento, y que ha planteado, a lo largo de siglos, infinidad de cuestiones de justicia, relacionadas muchas de ellas con su vocación de estabilidad y con su potencialidad para establecer un marco idóneo para la concepción, que se han ido resolviendo de determinadas maneras, conformando una institución jurídica particular. Extender las normas matrimoniales a otro tipo de uniones con la excusa de estar “discriminándolas” de no hacerlo, carece de fundamento. Otras uniones sin esa vocación de estabilidad y permanencia o sin esa potencialidad biológica para la reproducción pueden no necesitar ese tipo de regulación, porque sus circunstancias no son las mismas. Como además, lo que se extiende, básicamente, son los derechos, pero no así tanto los deberes, son los matrimonios los que, en todo caso, quedarían como discriminados, si hubiera que plantear así las cosas.

Una vez se ha aceptado que el matrimonio conlleva una serie de derechos, entendidos como poco menos que privilegios, resulta obvio que negar el matrimonio a cualquier colectivo supone discriminarle. Como por otra parte, las uniones homosexuales ya pueden disfrutar, a través de las leyes de parejas de hecho, del régimen jurídico matrimonial, no parece haber motivos para negarles también la propia denominación de matrimonio.

La gravedad de estas transformaciones solo se entiende en el contexto de unas sociedades con unas tasas de natalidad que no alcanzan a garantizar la reposición social. La pirámide poblacional no tiene ya en los países occidentales forma de pirámide sino de boñigo o, incluso, de pirámide invertida. Esto no solo implica problemas financieros a la hora de poder garantizar a largo plazo el sostenimiento de la sanidad pública o las pensiones, sino que además pone de manifiesto que nuestras sociedades están heridas de muerte. No se nos ocurre otra forma de invertir el proceso que la solida recuperación de los valores familiares y en ese ahínco la institución matrimonial como el marco más estable y propicio para la concepción de los hijos y el crecimiento de las familias puede ser trascendental. La extensión del régimen jurídico matrimonial e incluso del mismo nombre del matrimonio para referirse a uniones no matrimoniales no parece que pueda ayudar en este empeño sino más bien lo contrario.

Una sociedad que aprueba una norma sobre el matrimonio homosexual, que ya supone en sí misma un oxímoron, incluso simplemente una en la que se plantea este debate,  es cuanto menos, una sociedad que no tiene claro el concepto de matrimonio. Y eso augura profundizar en la decadencia.

             Por otra parte me parece una arbitrariedad, como los colectivos homosexualistas pretenden, cifrar el nivel de tolerancia y aceptación social de la homosexualidad o de los homosexuales, en la aprobación de una ley que establezca el matrimonio homosexual. Se puede, perfectamente, defender la no estigmatización de los homosexuales y la dignidad de la persona independientemente de su orientación sexual, sin apoyar una norma que juzgamos absurda.

Quizás esa necesidad de vincular matrimonio homosexual con aceptación social surja, además de una estrategia meramente propagandista y victimista, de cierta necesidad de demostrar que el “amor homosexual” tiene la misma “jerarquía” que el heterosexual o tradicional. La idea de jerarquizar los afectos y, aun más, el amor romántico o de pareja, ya resulta por sí cuestionable. No parece descabellado sostener que el amor conyugal necesita de la complementariedad hombre-mujer, pero eso no devalúa el cariño o el amor romántico o de pareja que puedan sentir dos personas del mismo sexo, que en todo caso es una cuestión intima, que cada persona o pareja vivirá de una forma u otra, en función de sus sentimientos, de una parte y de sus valores morales o religiosos, de otra.

Se valore como se valore el amor de las parejas homosexuales, ello no afecta a lo improcedente de considerar a estas uniones como matrimonios. No caeremos en el cinismo de decir que el matrimonio no tiene que ver nada con el amor, porque tampoco es así, pero sí que es cierto que no todas las clases de amor dan lugar a un matrimonio. El amor entre padres e hijos o entre hermanos o entre amigos no da lugar a matrimonios. Ni siquiera todo el amor, acompañado de atracción sexual, da lugar necesariamente al matrimonio entre parejas heterosexuales. El amor entre dos personas del mismo sexo nunca, por definición, puede dar lugar a un matrimonio, pero eso no significa que sea menos importante o tenga menos valor para sus protagonistas, que cualquier historia de amor de cualquier matrimonio tradicional.

Poco después de que el Tribunal Supremo de los Estados Unidos avalase la imposición del matrimonio homosexual a los estados, varios “matrimonios” polígamos (costumbre aun arraigada entre los fieles de varias iglesias mormonas) exigieron su reconocimiento en base a los mismos argumentos por los que fue admitido el matrimonio gay. Ciertamente, si la heterosexualidad deja de ser, por mandato legal, una característica esencial del matrimonio, no existe razón porque no vaya a dejar de serlo también la monogamia. De hecho, existen en distintas culturas varios ejemplos de matrimonio polígamo, pero no existe ninguno de matrimonio homosexual.

Así como las leyes de parejas de hecho abrieron las puertas al matrimonio gay, el matrimonio homosexual puede abrir las puertas a que cualquier unión pueda ser considerada matrimonio. El resultado inevitable es que la palabra matrimonio pierde todo su sentido. Distintas webs progresistas ya van anticipando que el matrimonio “plural” será lo siguiente a legalizar. Lo siguiente, pero no lo último. Realmente, en virtud de la misma lógica que ha llevado a poder hablar de matrimonio homosexual, se puede justificar cualquier tipo de matrimonio por estrambótico que parezca. No se trata de comparar a los homosexuales con ningún otro colectivo, pero si las razones que han llevado a implantar el matrimonio homosexual igual justifican llamar matrimonio a uniones que nos resultan impensables, tal vez es que esas razones estaban equivocadas desde el principio.

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